viernes, 15 de mayo de 2026

SONATA CÍCLICA (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

Me acuerdo del día del estreno como si fuera hoy. Primera obra de Demetrio Adalberto López, compañero de Conservatorio y amigo de toda la vida. Admirador incondicional de César Franck, compositor belga, quien se caracterizó por desarrollar la forma de sonata cíclica, esto es, una sonata en cuatro movimientos, donde un mismo tema va apareciendo de distintas formas en cada uno de ellos. Una de sus obras más populares, la Sonata en La, para violín y piano, era una de las preferidas de Demetrio Adalberto López. Era entonces razonable imaginar, que su primera obra estrenada, sería una sonata para violín y piano, y más precisamente, una sonata cíclica, siguiendo los lineamientos de su venerado músico.

Demetrio Adalberto López compuso ésta, su primera obra, siendo todavía un alumno de composición. Al profesor le gustó tanto, que decidió que, en la muestra de fin de año, se ejecutaría, y tuve el honor de ser elegido para interpretar la parte de violín, el instrumento en el que me estaba perfeccionando, y el mismísimo Demetrio Adalberto López sentado al piano.

Ensayamos muchísimo, pero finalmente la obra sonaba como nosotros queríamos, y el día del estreno fue un éxito, y el comentario de todos, ya que no era común incluir en el repertorio la obra de un alumno.

Ahora bien, si analizamos un poco la obra, nos encontramos con un primer movimiento que comienza con una melodía confiada al violín basada en tresillos, o sea grupos de tres notas que ocupan un tiempo del compás. El segundo movimiento es una danza enérgica, y cumpliendo con los preceptos de la sonata cíclica, aparecen durante el desarrollo, los citados tresillos en la mano izquierda del piano. El tercer movimiento, de carácter lento, empieza con una repetición de aquella melodía del violín del primer movimiento, la cual se va transformando y desarrollando paulatinamente. Finalmente, el cuarto movimiento, combinación de forma de sonata con canon y rondó, cita permanentemente a aquellos tresillos iniciales.

Demetrio Adalberto López, tras aquel impulso inicial, decidió que se dedicaría por completo a la composición.

Su segunda obra, esta vez un trío para corno, violonchelo y piano, también siguió el camino de su estreno inmediato, esta vez en un ciclo de música de cámara, organizado por una reconocida institución musical. Obviamente no falté a la cita. Estaba encantado por el camino que había iniciado mi amigo.

Sin embargo, tras los primeros compases, noté que se repetía aquel diseño de tresillos de su primera obra. Y a lo largo de la composición, el tema era evocado permanentemente, ya sea en el corno, en el violonchelo o en el piano. ¿Casualidad?, ¿descuido?, ¿o fue hecho adrede? Se lo comenté a mi amigo más tarde, pero me respondió con evasivas.

A continuación, Demetrio Adalberto López, se despachó con un scherzo sinfónico de vastas proporciones. No dudé en asistir al estreno, pero era evidente que, en cada uno de sus tres movimientos, aparecía una y otra vez, el consabido tema en tresillos. Crítica y público empezaban a impacientarse, ante tanta repetición, se diría que casi una obsesión.

Las cosas no cambiaron con sus siguientes trabajos: un ciclo de cuartetos de cuerda, obras para piano solista, dúos, tríos, un concierto para flauta y orquesta, y hasta un oratorio. En todos y cada uno de ellos, era reconocible aquel dibujo de tresillos, que a esta altura ya se los llamaba irónicamente “los tresillos López”. Daba la impresión de que Demetrio, había extrapolado hasta el absurdo, el concepto de sonata cíclica, y lo había convertido en “obra completa cíclica”, volviendo una y otra vez sobre lo mismo, en todas y cada una de sus obras musicales.

Nuestros encuentros eran cada vez más esporádicos, y de a poco nos fuimos distanciando. Cada vez que yo intentaba tocar el tema de sus repeticiones, se enfurecía y cambiaba de tema enseguida.

Paralelamente su salud se iba resquebrajando, algún crítico malintencionado hasta llegó a dudar de su sanidad mental.

Finalmente cayó enfermo y tuvo que ser hospitalizado en sala de cuidados intensivos.

Decidí visitarlo, a pesar de que nuestra amistad se había enfriado. Demetrio Adalberto López no tenía familia ni descendencia, por lo que solicité, como permiso especial, que me dejen entrar a terapia intensiva.

El cuadro era desolador, mi amigo apenas me reconoció. Estaba por irme, cuando me llamó la atención algo en el monitor de signos vitales. Su frecuencia cardiaca, sus latidos, se escuchaban agrupados de a tres, tras lo cual se escuchaba un silencio. Presté atención.

Grupo de tres. Silencio. Grupo de tres. Silencio más largo. Nuevo grupo de tres más lento que el anterior. En el caso de tener que transcribir en una partitura lo que estaba escuchando, sin duda le hubiera puesto la indicación rallentando.

Largo silencio. Grupo de tres.

Ese fue su tresillo final.

Demetrio Adalberto López, que en paz descanses.




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