Me acuerdo del día del estreno como si fuera hoy. Primera obra de Demetrio
Adalberto López, compañero de Conservatorio y amigo de toda la vida. Admirador
incondicional de César Franck, compositor belga, quien se caracterizó por
desarrollar la forma de sonata cíclica, esto es, una sonata en cuatro
movimientos, donde un mismo tema va apareciendo de distintas formas en cada uno
de ellos. Una de sus obras más populares, la Sonata en La, para violín y piano,
era una de las preferidas de Demetrio Adalberto López. Era entonces razonable
imaginar, que su primera obra estrenada, sería una sonata para violín y piano,
y más precisamente, una sonata cíclica, siguiendo los lineamientos de su
venerado músico.
Demetrio Adalberto López compuso ésta, su primera obra, siendo todavía un
alumno de composición. Al profesor le gustó tanto, que decidió que, en la
muestra de fin de año, se ejecutaría, y tuve el honor de ser elegido para
interpretar la parte de violín, el instrumento en el que me estaba
perfeccionando, y el mismísimo Demetrio Adalberto López sentado al piano.
Ensayamos muchísimo, pero finalmente la obra sonaba como nosotros
queríamos, y el día del estreno fue un éxito, y el comentario de todos, ya que
no era común incluir en el repertorio la obra de un alumno.
Ahora bien, si analizamos un poco la obra, nos encontramos con un primer movimiento que comienza con una melodía confiada
al violín basada en tresillos, o sea grupos de tres notas que ocupan un tiempo
del compás. El segundo movimiento es una danza enérgica,
y cumpliendo con los preceptos de la sonata cíclica, aparecen durante el
desarrollo, los citados tresillos en la mano izquierda del piano. El tercer
movimiento, de carácter lento, empieza con una repetición de aquella melodía
del violín del primer movimiento, la cual se va transformando y desarrollando
paulatinamente. Finalmente, el cuarto movimiento, combinación de forma de
sonata con canon y rondó, cita permanentemente a aquellos tresillos iniciales.
Demetrio Adalberto López, tras aquel impulso inicial, decidió que se
dedicaría por completo a la composición.
Su segunda obra, esta vez un trío para corno, violonchelo y piano, también siguió
el camino de su estreno inmediato, esta vez en un ciclo de música de cámara,
organizado por una reconocida institución musical. Obviamente no falté a la
cita. Estaba encantado por el camino que había iniciado mi amigo.
Sin embargo, tras los primeros compases, noté que se repetía aquel diseño
de tresillos de su primera obra. Y a lo largo de la composición, el tema era
evocado permanentemente, ya sea en el corno, en el violonchelo o en el piano. ¿Casualidad?,
¿descuido?, ¿o fue hecho adrede? Se lo comenté a mi amigo más tarde, pero me
respondió con evasivas.
A continuación, Demetrio Adalberto López, se despachó con un scherzo
sinfónico de vastas proporciones. No dudé en asistir al estreno, pero era
evidente que, en cada uno de sus tres movimientos, aparecía una y otra vez, el
consabido tema en tresillos. Crítica y público empezaban a impacientarse, ante
tanta repetición, se diría que casi una obsesión.
Las cosas no cambiaron con sus siguientes trabajos: un ciclo de cuartetos
de cuerda, obras para piano solista, dúos, tríos, un concierto para flauta y
orquesta, y hasta un oratorio. En todos y cada uno de ellos, era reconocible
aquel dibujo de tresillos, que a esta altura ya se los llamaba irónicamente “los
tresillos López”. Daba la impresión de que Demetrio, había extrapolado hasta el
absurdo, el concepto de sonata cíclica, y lo había convertido en “obra completa
cíclica”, volviendo una y otra vez sobre lo mismo, en todas y cada una de sus
obras musicales.
Nuestros encuentros eran cada vez más esporádicos, y de a poco nos fuimos
distanciando. Cada vez que yo intentaba tocar el tema de sus repeticiones, se
enfurecía y cambiaba de tema enseguida.
Paralelamente su salud se iba resquebrajando, algún crítico malintencionado
hasta llegó a dudar de su sanidad mental.
Finalmente cayó enfermo y tuvo que ser hospitalizado en sala de cuidados
intensivos.
Decidí visitarlo, a pesar de que nuestra amistad se había enfriado.
Demetrio Adalberto López no tenía familia ni descendencia, por lo que solicité,
como permiso especial, que me dejen entrar a terapia intensiva.
El cuadro era desolador, mi amigo apenas me reconoció. Estaba por irme,
cuando me llamó la atención algo en el monitor de signos vitales. Su frecuencia
cardiaca, sus latidos, se escuchaban agrupados de a tres, tras lo cual se
escuchaba un silencio. Presté atención.
Grupo de tres. Silencio. Grupo de tres. Silencio más largo. Nuevo grupo de
tres más lento que el anterior. En el caso de tener que transcribir en una
partitura lo que estaba escuchando, sin duda le hubiera puesto la indicación rallentando.
Largo silencio. Grupo de tres.
Ese fue su tresillo final.
Demetrio Adalberto López, que en paz descanses.

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