El pibe venía del interior, nadie lo conocía mucho. En los entrenamientos
parecía un arquero normal, aunque muy flojo. Igual quedó como suplente, ya que
el libro de pases estaba por cerrar, y era urgente sumar un arquero.
Sin embargo, ni bien empezó el campeonato, en el arranque del primer
partido, el titular salió a tapar en un mano a mano con un delantero y se
lesionó. Fractura de tibia y peroné, fin del torneo para él.
El técnico mandó al arco al muchachito nuevo, ya presagiando una goleada en
contra. Pero nadie se imaginaba lo que estaba por ocurrir.
El arquerito se plantó en el arco mirando a la tribuna, de espaldas al
juego. Nadie entendía nada. El equipo contrario, aprovechando la confusión, comenzó
a presionar, y a los pocos segundos llegó un tiro libre en el borde del área a
favor del rival. Nuestro héroe no se molestó ni siquiera en darse vuelta para
armar la barrera, en la posición en la que estaba impartió unas cuantas
instrucciones con señas, y eso fue todo.
El pateador era temible precisamente por la perfección de sus disparos, en
la temporada anterior había metido diez goles de tiro libre. Y su ejecución fue
perfecta, fue un tiro violento y al ángulo del lado de la barrera. El arquero
voló de palo a palo, impactando la pelota con su espalda, y enviando la pelota
al córner. Ovación.
El partido continuó con las mismas características, tremenda presión del
otro equipo y el arquero que las atajaba todas, siempre de espaldas. Una jugada
muy característica, que puede decirse que inventó él, era que cuando no daba
rebote, aprisionaba la pelota pasando los codos por detrás de la espalda. Era
su marca de fábrica.
Surgieron varias teorías acerca de cómo funcionaba la cosa. Algunos decían
que su oído actuaba como una especie de radar, como un murciélago. Otros decían
que se guiaba mirando los ojos de los hinchas de la tribuna que enfrentaba. Ya
sea la amigable hinchada local, o los hostiles simpatizantes visitantes, todos
los espectadores miran fijamente a la pelota. Reemplazaba sus dos ojos por
cientos. Y otros decían lisa y llanamente que tenía un sexto sentido.
Todo esto se repetía partido tras partido, manteniendo la valla invicta,
incluso deteniendo varios penales, y haciendo que su equipo escale en la tabla
de posiciones. Sus atajadas eran espectaculares.
A pesar de eso el técnico insistía en que había que corregir lo que él
consideraba un defecto. Razonaba del siguiente modo: si
sin mirar atajaba tan bien, mirando atajaría muchísimo mejor.
En los entrenamientos lo trataron con neurólogos, psicólogos, psiquiatras,
brujos, hipnotizadores y charlatanes de toda índole. Pero finalmente lograron
su objetivo: que ataje de modo normal.
Para ese entonces el equipo ya había llegado a la final, con cero goles en
contra, un récord inédito, casi imposible de igualar.
Se juega el partido decisivo, y ataja mirando para adelante.
Pierden siete a cero. Es un colador, no agarra una, se come todos los amagues.
Es un desastre.
Desconsolado, se retira del fútbol siendo muy joven. Pero a esta altura era
tan famoso que logra firmar un contrato con un canal para ser comentarista
deportivo.
Sus análisis y comentarios futbolísticos son muy bien recibidos por los
televidentes, que en la pantalla lo único que ven de él, es su nuca.






