jueves, 2 de julio de 2026

OBRA EN FILMACIÓN (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

Reunión de directorio en la empresa, importante multinacional. Se propone ingresar en el negocio inmobiliario, y construir un edificio de departamentos de alta calidad para poner a la venta. Yo no era director, pero igual me invitaron a participar, ya que tenía alguna experiencia en la industria de la construcción, y me designaron como jefe de obra.

La principal preocupación del presidente y los directores, era como manejar a los sindicatos, y el costo que esto significaría. Invitaron a todos los participantes de la reunión a aportar ideas.

Se me ocurrió una idea genial:

-          Para evitar al sindicato de la construcción podemos simular que, en realidad, se trata de la filmación de una película, y que los obreros son actores. Llevamos unas cuantas cámaras y focos, y se simula filmar los trabajos de la obra. Yo, como jefe de obra, sería el falso director de esa película.

La aprobación de todos los presentes fue instantánea y unánime.

-          Es una idea excelente, dijo el presidente. Envíen gacetillas de prensa a todos los medios donde tenemos pauta publicitaria, anunciando el comienzo de la filmación, opera prima del novel director…

El presidente no recordaba mi nombre.

-          Roberto Fernández,  Ingeniero civil y director de cine. (Risas de todos los presentes)

 

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Ni bien terminamos de completar el cerco del set/obra, se acercó un señor al portón de entrada. 

Calvo, flaco, vestido en forma simple. Los muchachos me avisaron que me estaba esperando.

-          Antonio Stronatti, a sus órdenes.

-          Si, ¿Qué se le ofrece?

-          Soy del sindicato de la construcción. Por empezar quería ver la plantilla de personal.

-          Debe haber un error, señor Stronatti. Esta no es una obra en construcción, es el set de filmación de una película.

-          ¿Y todas esas personas con ropa de trabajo, acarreando bolsas y varillas de acero?

-          Obviamente son actores.

-          Bueno, parece que me he equivocado, y no tengo nada que hacer aquí. Disculpe usted, y buenos días.

-          Buenos días.

El plan estaba saliendo a la perfección.

 

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Al día siguiente, se presenta un nuevo visitante en el portón.

Este señor era estrafalario por donde se lo mirara. Larga cabellera enrulada, anteojos oscuros, regordete, ropa con colores chillones, botas de vaquero, siempre con un bolsito en mano. Casi un rock star.

-          Buenos días, mi nombre es Salomón Giorgetti, del sindicato de actores.

 

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Las exigencias del sindicato de actores no tardaron en llegar:

-          Las viandas que entregábamos fueron reemplazadas por un servicio de catering, a cargo de una empresa muy prestigiosa.

-          Los vestuarios fueron sustituidos por tráilers súper lujosos, especie de camerinos para los protagonistas de la película, y estos no podían ser compartidos por más de dos personas. El alquiler mensual era exorbitante.

-          Lo mismo para los baños, unidades móviles impecables, equipadas con mesadas de mármol y bachas de acero inoxidable.

-          El transporte de personal (la mayoría vivía bastante lejos) debía hacerse con servicios de transfer, que iban a buscar a la gente a sus casas. Opcionalmente se podía reemplazar por remis o taxi.

 

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El directorio convocó a una reunión urgente, en vista de que las pérdidas del proyecto eran monstruosas.

Esa mañana, Giorgetti había visitado el “set”, y cuando se fue, y antes de ir a la reunión, se me ocurrió seguirlo.

Entró en el café de la esquina, y yo detrás, disimulando y sentándome en una mesa apartada. Desde ahí, podía verlo. Noto que se levanta de la mesa y va al baño. Mientras esperaba que saliera, terminé el café y el tostado que había pedido. Giorgetti estaba tardando demasiado tiempo, y me empecé a impacientar.

Cuando de pronto veo salir del baño a… ¡Antonio Stronatti! Y en su mano, el bolsito de Salomón Giorgetti.

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En la reunión de directorio no me dejaron abrir la boca, ni hacer mi descargo, el encuentro era exclusivamente para comunicar que, ante las pérdidas millonarias detectadas, y la sangría de dinero permanente, se abortaba la falsa película, y se continuaba como obra en construcción normal.

Tomó la palabra el presidente:    

-          Manden gacetillas de prensa anunciando que la película se suspende por déficit presupuestario, y que desarrollamos, en cambio, una importante inversión inmobiliaria. Y a propósito, ¿Quién fue el imbécil al que se le ocurrió la estupidez de la película?

 

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Antonio Stronatti volvió, y recorrió la obra, ya declarada como tal.

-          ¿Asadito?, conversó animadamente con un grupo de peones que habían improvisado una parrilla con unos  hierros sobrantes.

-          Después me convidan, ¿eh?

Más adelante se encontró con el capataz.

-          No me descuiden la limpieza de baños y vestuarios, muchachos. No les vamos a pedir mesadas de mármol, pero manténganlos prolijitos.

-          Si, está claro, Antonio, contestó el capataz con cordialidad.

Y terminó la recorrida en mi oficina.

-          ¿Qué dice, jefe?, ¿total normalidad?

-          Si. (La sonrisa social me costaba cada vez más). Total normalidad, Giorgetti.






domingo, 14 de junio de 2026

MUSICO Y MÉDIUM (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

Raimundo Scafati era músico. No era considerado un gran músico, solía tocar el piano en un cafetín, ganando apenas dinero para pagar comida y pensión. Sin embargo, tenía una sólida formación académica. Me gustaba ir a verlo tocar, más que nada porque después nos quedábamos charlando con todo un grupo de parroquianos hasta altas horas de la noche.

El cafetín, no era un cafetín cualquiera. Ahí se podía conocer a los personajes más extraños que uno se pudiera imaginar. Después de medianoche, se cerraban las puertas y se organizaban sesiones de espiritismo. Ni Raimundo ni yo, habíamos participado nunca. Pero una noche, solo por curiosidad, decidimos sentarnos en la mesa.

Tras unos momentos de silencio total, empecé a notar algo raro en Raimundo, comenzó a temblar y luego a tener convulsiones. Todos en la mesa nos preguntábamos qué le pasaba. Tratábamos de calmarlo, pero era inútil. De pronto, pidió que le alcancemos un cuadernillo de papel pentagramado, que guardaba junto a sus partituras, al lado del piano, y una birome.

Ni bien le alcanzamos estos elementos, empezó a escribir en forma frenética, poseído vaya a saber por qué fuerza, cantaba y escribía, cantaba y escribía. Y escribía una partitura orquestal en forma perfectamente ordenada: las maderas, los metales, las cuerdas, los instrumentos de percusión.

Todo este proceso duró varias horas, hasta que vimos a Raimundo desmayarse, pero dejando sobre la mesa unas cuantas hojas pentagramadas, escritas con suma prolijidad.

Tardó un rato en volver en sí, aunque pálido y demacrado, y fue en ese momento en el que nos confesó:

-          Beethoven me dictó el primer movimiento de su décima sinfonía.

La reacción del grupo fue desde la indignación hasta la burla. Uno de los presentes, que también era músico, le dijo con sorna:

-          Si, y a mí una vez Bach me dijo como terminar su “Ofrenda Musical”.

Sin embargo, la partitura estaba ahí, sin correcciones ni enmiendas, directamente transcripta desde ese supuesto dictado del más allá.

A pesar del descreimiento, todo ese grupo de locos estuvo de acuerdo en organizar tres sesiones más, para completar los cuatro movimientos de la supuesta sinfonía. Además, se convocó a otros músicos para que ayuden con la notación y aceleren el proceso.

Transcurridas las noches siguientes, se pudo contar con una partitura manuscrita de la sinfonía completa. El pobre Raimundo a esta altura era una piltrafa. Por el esfuerzo físico y mental titánico que había hecho, creo que adelgazó unos diez kilos por movimiento.

A pesar de su debilidad, y contra viento y marea, Raimundo se puso en campaña enseguida para que la obra se estrene. Le advertí que sería casi imposible convencer al mundo de la veracidad del experimento, pero Raimundo no escuchaba razones y siguió adelante con tozudez.

Consiguió que lo patrocine la “Asociación Amigos del Espiritismo”. Pero de cualquier manera Raimundo invirtió todos sus pocos ahorros, necesitaba alquilar un teatro, contratar a una orquesta completa, y también a un director, ya que él estaba muy débil para dirigir una obra de alrededor de una hora de duración.

La obra, efectivamente, se estrenó, ante una audiencia bastante chica, e inmediatamente se formaron dos bandos, los que la apoyaban incondicionalmente, y los que creían que todo el proyecto era una estafa.

Pero la controversia acerca de la veracidad de la obra iba en aumento. Se decía que todo era un ardid de un oscuro músico de cafetín, para adquirir notoriedad.

Los medios del mundo se hicieron eco del episodio, y el debate se volvió internacional.

Aparece en escena el doctor Haines Von Braun, consagrado musicólogo, pero más precisamente, “beethovenólogo”. Tenía la reputación de ser la persona que más sabía de Ludwig en todo el planeta.

El doctor se comprometió a estudiar la partitura y dar a conocer sus conclusiones publicando un trabajo y ofreciendo una conferencia de prensa. Tras varios meses de estudios exhaustivos, se produjo el evento con una enorme asistencia, tanto en forma virtual como presencial.

Durante su alocución, el doctor se explayó, entre otros, acerca de los siguientes temas:

-          La elección de la tonalidad principal, mi bemol mayor.

-          La introducción del primer movimiento confiada a los cornos.

-          La profundidad expresiva del segundo movimiento.

-          La indicación de “Allegro con spirito” para el tercer movimiento.

-          El gran final a toda orquesta del cuarto movimiento.

Concluida su explicación, Haines se dispuso a comunicar su veredicto. Se produjo un gran silencio en la sala, y yo diría, en el mundo entero.

-          La sinfonía, es auténtica.

Gran explosión de algarabía.

A partir de ese momento, no cabía la más mínima duda, de que esa, producto de la clarividencia, era la décima sinfonía de Beethoven. Tal era la autoridad que emanaba del doctor Haines Von Braun.

Obviamente, la obra empezó a ser programada permanentemente, en las salas de concierto más importantes del planeta, con las mejores orquestas y las más ilustres batutas. Cerca de los doscientos años de su muerte, el mundo conocía la décima.

A esta altura ya pocos se acordaban del pobre Raimundo, pobre, enfermo y desdichado, al que ya no se lo consideraba un músico, sino un simple “transmisor”.

Pero la atención volvió sobre él, cuando el conjunto de los melómanos de todo el mundo empezó un operativo clamor por la sinfonía número once.

La presión empezó a ser muy fuerte, respaldada por medios hegemónicos, grupos económicos muy poderosos, instituciones musicales de todo tipo, etc. Se consiguió financiamiento y se puso en marcha el plan.

La sesión se haría en una clínica en Suiza, para garantizar la recuperación de Raimundo, y mantenerlo fortalecido durante el encuentro ocultista. Estarían presentes los mejores médicos, los videntes más renombrados, y un equipo de transcriptores entrenados.

Además, a Raimundo se le ofreció una gran suma de dinero.

La número once no venía nada fácil. En la primera noche solo se transcribieron tres compases. La comunicación era muy dificultosa.

Se esperaba mejorar un poco para la segunda noche. El compás cuatro tardó en completarse.

Debido a su debilidad extrema, Raimundo Scafati murió durante la transmisión del compás cinco del primer movimiento.

Lamentablemente la humanidad jamás va a conocer la undécima sinfonía del genio de Bonn.



viernes, 15 de mayo de 2026

SONATA CÍCLICA (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

Me acuerdo del día del estreno como si fuera hoy. Primera obra de Demetrio Adalberto López, compañero de Conservatorio y amigo de toda la vida. Admirador incondicional de César Franck, compositor belga, quien se caracterizó por desarrollar la forma de sonata cíclica, esto es, una sonata en cuatro movimientos, donde un mismo tema va apareciendo de distintas formas en cada uno de ellos. Una de sus obras más populares, la Sonata en La, para violín y piano, era una de las preferidas de Demetrio Adalberto López. Era entonces razonable imaginar, que su primera obra estrenada, sería una sonata para violín y piano, y más precisamente, una sonata cíclica, siguiendo los lineamientos de su venerado músico.

Demetrio Adalberto López compuso ésta, su primera obra, siendo todavía un alumno de composición. Al profesor le gustó tanto, que decidió que, en la muestra de fin de año, se ejecutaría, y tuve el honor de ser elegido para interpretar la parte de violín, el instrumento en el que me estaba perfeccionando, y el mismísimo Demetrio Adalberto López sentado al piano.

Ensayamos muchísimo, pero finalmente la obra sonaba como nosotros queríamos, y el día del estreno fue un éxito, y el comentario de todos, ya que no era común incluir en el repertorio la obra de un alumno.

Ahora bien, si analizamos un poco la obra, nos encontramos con un primer movimiento que comienza con una melodía confiada al violín basada en tresillos, o sea grupos de tres notas que ocupan un tiempo del compás. El segundo movimiento es una danza enérgica, y cumpliendo con los preceptos de la sonata cíclica, aparecen durante el desarrollo, los citados tresillos en la mano izquierda del piano. El tercer movimiento, de carácter lento, empieza con una repetición de aquella melodía del violín del primer movimiento, la cual se va transformando y desarrollando paulatinamente. Finalmente, el cuarto movimiento, combinación de forma de sonata con canon y rondó, cita permanentemente a aquellos tresillos iniciales.

Demetrio Adalberto López, tras aquel impulso inicial, decidió que se dedicaría por completo a la composición.

Su segunda obra, esta vez un trío para corno, violonchelo y piano, también siguió el camino de su estreno inmediato, esta vez en un ciclo de música de cámara, organizado por una reconocida institución musical. Obviamente no falté a la cita. Estaba encantado por el camino que había iniciado mi amigo.

Sin embargo, tras los primeros compases, noté que se repetía aquel diseño de tresillos de su primera obra. Y a lo largo de la composición, el tema era evocado permanentemente, ya sea en el corno, en el violonchelo o en el piano. ¿Casualidad?, ¿descuido?, ¿o fue hecho adrede? Se lo comenté a mi amigo más tarde, pero me respondió con evasivas.

A continuación, Demetrio Adalberto López, se despachó con un scherzo sinfónico de vastas proporciones. No dudé en asistir al estreno, pero era evidente que, en cada uno de sus tres movimientos, aparecía una y otra vez, el consabido tema en tresillos. Crítica y público empezaban a impacientarse, ante tanta repetición, se diría que casi una obsesión.

Las cosas no cambiaron con sus siguientes trabajos: un ciclo de cuartetos de cuerda, obras para piano solista, dúos, tríos, un concierto para flauta y orquesta, y hasta un oratorio. En todos y cada uno de ellos, era reconocible aquel dibujo de tresillos, que a esta altura ya se los llamaba irónicamente “los tresillos López”. Daba la impresión de que Demetrio, había extrapolado hasta el absurdo, el concepto de sonata cíclica, y lo había convertido en “obra completa cíclica”, volviendo una y otra vez sobre lo mismo, en todas y cada una de sus obras musicales.

Nuestros encuentros eran cada vez más esporádicos, y de a poco nos fuimos distanciando. Cada vez que yo intentaba tocar el tema de sus repeticiones, se enfurecía y cambiaba de tema enseguida.

Paralelamente su salud se iba resquebrajando, algún crítico malintencionado hasta llegó a dudar de su sanidad mental.

Finalmente cayó enfermo y tuvo que ser hospitalizado en sala de cuidados intensivos.

Decidí visitarlo, a pesar de que nuestra amistad se había enfriado. Demetrio Adalberto López no tenía familia ni descendencia, por lo que solicité, como permiso especial, que me dejen entrar a terapia intensiva.

El cuadro era desolador, mi amigo apenas me reconoció. Estaba por irme, cuando me llamó la atención algo en el monitor de signos vitales. Su frecuencia cardiaca, sus latidos, se escuchaban agrupados de a tres, tras lo cual se escuchaba un silencio. Presté atención.

Grupo de tres. Silencio. Grupo de tres. Silencio más largo. Nuevo grupo de tres más lento que el anterior. En el caso de tener que transcribir en una partitura lo que estaba escuchando, sin duda le hubiera puesto la indicación rallentando.

Largo silencio. Grupo de tres.

Ese fue su tresillo final.

Demetrio Adalberto López, que en paz descanses.




martes, 28 de abril de 2026

MIKI, TRIKI, DIPI…Y CARLITOS (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

El gran acontecimiento de ese año fue la llegada del circo al pueblo.

La primera vez que fui a verlo, fui con mi mamá, que le gustó todo, menos los payasos, a los que detestó desde el primer momento. En cambio, a mí me parecieron lo máximo, eran tres delirantes que hacían morir de risa a todo el mundo.

Empecé a ir todos los días al circo, ya sin mi mamá, exclusivamente para verlos a ellos, me tenían fascinado.

Al principio pagaba la entrada, pero cuando el señor de la boletería me empezó a reconocer, me dejaba pasar gratis.

Su acto era muy físico, permanentemente simulaban bofetadas, golpes y caídas, que divertían a todos.

Miki era el jefe, el que daba las órdenes y repartía los cachetazos. Cuando se enojaba les decía a los otros “chorlitos”, cosa que se hizo muy popular entre los niños del pueblo.

Triki era el que estaba en el medio, tratando de zafar como podía del mal humor de Miki.

Y después estaba Dipi…Todos amaban a Dipi, el más gracioso. Para mí, era como el hermano que nunca tuve. Recibía los cachetazos y era obligado por los otros a hacer todo tipo de trabajos que no quería hacer.

Además, tocaba la trompeta. Cuando hacían su entrada, ya desde bambalinas se empezaba a escuchar una marchita alegre y juguetona. No hacía falta que el maestro de ceremonias los anuncie, con escuchar esa música, ya se sabía quiénes iban a entrar a la pista. Y entraban los tres marchando.

De tanto verlos, me aprendí todas sus rutinas de memoria. Las ensayaba con algún compañero de colegio, o también yo solo en mi habitación, haciendo a los tres personajes.

Una de las más graciosas eran las guerras de tortas de crema, terminaban todos enchastrados y la gente no paraba de reír.

Solían también interactuar mucho con el público, abandonando momentáneamente la pista y mezclándose con la gente, cosa que era muy festejada.

Un día, hicieron el acto en el que Triki, se queda encerrado en un baúl y tratan de abrirlo con todo tipo de herramientas de utilería.

En el medio de la escena, Miki mira para mi lado, interrumpe lo que hace, y se acerca a la grada donde yo estaba.

-          A ver vos, ¿cuantas veces viniste a vernos?

-          ¿Me hablas a mí, Miki?

-          Si, a vos, chorlito (Risas de todo el público)

-          No sé, un montón, vengo todos los días.

Me pega en la cabeza con el martillo de goma. Todo el mundo se ríe. Yo no siento el más mínimo dolor

-          Ya que te gusta tanto lo que hacemos, vas a venir a ayudarnos. ¡vamos, movéte chorlito!

Me agarra de una oreja y me lleva hasta la pista del circo, ante las carcajadas generales.  Yo le seguí la corriente. Para el que miraba, parecía que estaba estrujando mi oreja con toda su fuerza, pero yo no sentía nada, manejaban a la perfección todos los trucos de los payasos. Me dieron un serrucho de goma, entendí enseguida de que se trataba todo, y empecé a simular que serruchaba el baúl, que era de cartón. Lo destruimos, para darnos cuenta al final, que la llave estuvo siempre en el bolsillo de Dipi.

Al finalizar el episodio, Dipi agarra su trompeta y toca la marchita de salida, y marchamos los cuatro hasta los camarines, ante el aplauso general.

Yo no podía más de la emoción, y de la alegría, de haber participado en el acto de mis ídolos.

La reacción del público fue tan buena, que me dijeron que podía salir a escena con ellos todos los días. Me citaron para el día siguiente, un rato antes de la función, para ensayar un poco, pero yo sabía todo lo que hacían de memoria, palabra por palabra.

Desde el primer momento confiaron en mí, y me hicieron crecer en seguridad. Me consiguieron mi traje de payaso, mi nariz y mis zapatones. El primer día me maquilló una chica, pero me advirtió que, en adelante, tenía que aprender a hacerlo solo.

Compartiendo camarín, vi que entre ellos había una hermosa amistad, se querían y se cuidaban, por más que su acto consistía en golpearse de todas las maneras imaginables.

También me enteré que Dipi, estaba muy mal de salud. Tenía serios problemas digestivos, que le provocaban un gran malestar. Permanentemente consumía unas pastillas, que en parte lo calmaban, pero se notaba el dolor en su cara, incluso detrás del maquillaje. En el trato personal, sus ojos transmitían tristeza, contrariamente a la imagen que daba en la pista, donde daba rienda suelta a su locura con cada movimiento de su cuerpo, aunque a medida que su enfermedad avanzaba, se fatigaba cada vez más rápido.

Los siguientes días fueron el paraíso para mí, compartiendo el escenario con mis admirados payasos. Tuvieron la amabilidad de darme varias rutinas y diálogos de Dipi, que de paso aprovechaba para no cansarse tanto. Y por supuesto participé de unas cuantas guerras de tortazos de crema.

Tuve que descuidar un poco el colegio, cosa que enfurecía a mi mamá, pero por nada del mundo me iba a perder lo que estaba viviendo.

Un día, ocurrió lo que todos temíamos, Dipi tuvo que ser hospitalizado de urgencia. Lo operaron, pero su cuerpo no resistió, a la madrugada murió. Miki, Triki y yo estábamos devastados, lloramos los tres abrazados en la sala de espera del hospital, y también los acompañé en las exequias.

Los payasos suspendieron varias funciones. Pero estaban obligados a terminar su contrato en el pueblo, así que Dipi fue reemplazado por Chipi. Chipi era bastante bueno, pero no tan bueno como Dipi, que era incomparable.

Terminada la temporada, el circo se fue al pueblo vecino. Me despedí de ellos con lágrimas en los ojos. Nos dijimos adiós y nos prometimos que nos íbamos a volver a ver. Pero sabiendo de su vida itinerante, entendía que eso era muy difícil

Yo volví a mi vida común y ordinaria, en casa y en el colegio.

Al otro día, en la cocina, tomando la merienda, mi mamá se mostró muy contenta porque por fin se habían ido esos odiosos payasos.

La miré con furia, no podía entender que fuera tan hostil con esas personas que yo tanto amaba, y que ni siquiera haya tenido la más mínima empatía con la muerte de mi admirado Dipi. Por dentro de mí, le deseé lo peor.

De pronto, saliendo de la nada, vi pasar volando por arriba mío una torta de crema, y el tortazo fue a estrellarse justo en la cara de mi mamá, que pegó un grito.

Entre indignada y sorprendida, empezó a quitarse la crema de la cara. Mientras tanto, estoy seguro de haber escuchado el sonido de una trompeta, tocando una marchita alegre y juguetona.




miércoles, 8 de abril de 2026

EL ARQUERO QUE ATAJABA CON LA ESPALDA (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

El pibe venía del interior, nadie lo conocía mucho. En los entrenamientos parecía un arquero normal, aunque muy flojo. Igual quedó como suplente, ya que el libro de pases estaba por cerrar, y era urgente sumar un arquero.

Sin embargo, ni bien empezó el campeonato, en el arranque del primer partido, el titular salió a tapar en un mano a mano con un delantero y se lesionó. Fractura de tibia y peroné, fin del torneo para él.

El técnico mandó al arco al muchachito nuevo, ya presagiando una goleada en contra. Pero nadie se imaginaba lo que estaba por ocurrir.

El arquerito se plantó en el arco mirando a la tribuna, de espaldas al juego. Nadie entendía nada. El equipo contrario, aprovechando la confusión, comenzó a presionar, y a los pocos segundos llegó un tiro libre en el borde del área a favor del rival. Nuestro héroe no se molestó ni siquiera en darse vuelta para armar la barrera, en la posición en la que estaba impartió unas cuantas instrucciones con señas, y eso fue todo.

El pateador era temible precisamente por la perfección de sus disparos, en la temporada anterior había metido diez goles de tiro libre. Y su ejecución fue perfecta, fue un tiro violento y al ángulo del lado de la barrera. El arquero voló de palo a palo, impactando la pelota con su espalda, y enviando la pelota al córner. Ovación.

El partido continuó con las mismas características, tremenda presión del otro equipo y el arquero que las atajaba todas, siempre de espaldas. Una jugada muy característica, que puede decirse que inventó él, era que cuando no daba rebote, aprisionaba la pelota pasando los codos por detrás de la espalda. Era su marca de fábrica.

Surgieron varias teorías acerca de cómo funcionaba la cosa. Algunos decían que su oído actuaba como una especie de radar, como un murciélago. Otros decían que se guiaba mirando los ojos de los hinchas de la tribuna que enfrentaba. Ya sea la amigable hinchada local, o los hostiles simpatizantes visitantes, todos los espectadores miran fijamente a la pelota. Reemplazaba sus dos ojos por cientos. Y otros decían lisa y llanamente que tenía un sexto sentido.

Todo esto se repetía partido tras partido, manteniendo la valla invicta, incluso deteniendo varios penales, y haciendo que su equipo escale en la tabla de posiciones. Sus atajadas eran espectaculares.

A pesar de eso el técnico insistía en que había que corregir lo que él consideraba un defecto. Razonaba del siguiente modo: si sin mirar atajaba tan bien, mirando atajaría muchísimo mejor.

En los entrenamientos lo trataron con neurólogos, psicólogos, psiquiatras, brujos, hipnotizadores y charlatanes de toda índole. Pero finalmente lograron su objetivo: que ataje de modo normal.

Para ese entonces el equipo ya había llegado a la final, con cero goles en contra, un récord inédito, casi imposible de igualar.

Se juega el partido decisivo, y ataja mirando para adelante.

Pierden siete a cero. Es un colador, no agarra una, se come todos los amagues. Es un desastre.

Desconsolado, se retira del fútbol siendo muy joven. Pero a esta altura era tan famoso que logra firmar un contrato con un canal para ser comentarista deportivo.

Sus análisis y comentarios futbolísticos son muy bien recibidos por los televidentes, que en la pantalla lo único que ven de él, es su nuca.



LAS ESTAMPILLAS (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

-          Abuela, mirá mi colección de estampillas.

-          Que lindas. Te voy a regalar unas que tengo guardadas.

-          Reconozco a la chica de la imagen. Que hermosa que era.

-          Claro que sí.

-          ¿Hace mucho que las tenes guardadas?

-          Mucho. Las tenía escondidas. Las llegaba a encontrar tu abuelo y me las tiraba a la basura.

-          ¿Por qué?

-          Nunca entendí bien.

-          Jamás me hablaron de ella ni en casa ni en el colegio.

-          En una época, increíblemente estaba prohibido nombrarla.

-          Ahora que entré a la Universidad, veo que tampoco se la nombra.

-          Sos la primera de la familia que va a la Facultad, pero calculo que ahí pasará lo mismo que pasa en todos lados.

-          ¿Murió joven?

-          Si, muy joven. Cuando murió, esas bestias le hicieron de todo. Robaron el cadáver, lo llevaron de acá para allá. Nadie sabía dónde estaba. Más de veinte años después, su cuerpo volvió al país. Ahora descansa en la Recoleta.

-           ¿Fuiste a visitarla?

-          Recién después de que murió tu abuelo, pude llevarle una flor.

-          ¡Qué historia! No me la voy a olvidar nunca, y voy a guardar estas estampillas para siempre.

-          La gente olvida rápido. Y así le va.




viernes, 31 de octubre de 2025

HONESTISTAS

 

Votan narcos, putas, coimeras, estafadores, lavadores de dinero, fugadores, evasores, negreros y contrabandistas. Son los “honestistas”, que apoyan “ficha limpia”, y luchan denodadamente contra la corrupción. Nunca, pero nunca más en la vida me vengan a decir que les preocupa la corrupción, manga de hijos de remil putas, les importa una mierda.

Votan a los que tienen que estar en la cárcel, y festejan que inocentes sean condenados y proscriptos. Y esto va a seguir así, mientras la corte suprema este integrada por tres criminales.

La grieta es ética y moral, y no es una grieta, es un abismo.

Nunca fui al Garraham de chico. No mando a mi hijo al Garraham. Sin embargo, pagaría encantado un impuesto especial para sostenerlo, para que todos los chicos del país con cáncer se puedan atender, y para que todo el personal, médico o no, gane muy bien.

Los “honestistas”, harían lo imposible para evadir ese impuesto.