El gran acontecimiento de ese año fue la llegada del circo al pueblo.
La primera vez que fui a verlo, fui con mi mamá, que le gustó todo, menos
los payasos, a los que detestó desde el primer momento. En cambio, a mí me
parecieron lo máximo, eran tres delirantes que hacían morir de risa a todo el
mundo.
Empecé a ir todos los días al circo, ya sin mi mamá, exclusivamente para
verlos a ellos, me tenían fascinado.
Al principio pagaba la entrada, pero cuando el señor de la boletería me empezó
a reconocer, me dejaba pasar gratis.
Su acto era muy físico, permanentemente simulaban bofetadas, golpes y
caídas, que divertían a todos.
Miki era el jefe, el que daba las órdenes y repartía los cachetazos. Cuando
se enojaba les decía a los otros “chorlitos”, cosa que se hizo muy popular
entre los niños del pueblo.
Triki era el que estaba en el medio, tratando de zafar como podía del mal
humor de Miki.
Y después estaba Dipi…Todos amaban a Dipi, el más gracioso. Para mí, era
como el hermano que nunca tuve. Recibía los cachetazos y era obligado por los
otros a hacer todo tipo de trabajos que no quería hacer.
Además, tocaba la trompeta. Cuando hacían su entrada, ya desde bambalinas
se empezaba a escuchar una marchita alegre y juguetona. No hacía falta que el
maestro de ceremonias los anuncie, con escuchar esa música, ya se sabía quiénes
iban a entrar a la pista. Y entraban los tres marchando.
De tanto verlos, me aprendí todas sus rutinas de memoria. Las ensayaba con
algún compañero de colegio, o también yo solo en mi habitación, haciendo a los
tres personajes.
Una de las más graciosas eran las guerras de tortas de crema, terminaban
todos enchastrados y la gente no paraba de reír.
Solían también interactuar mucho con el público, abandonando momentáneamente
la pista y mezclándose con la gente, cosa que era muy festejada.
Un día, hicieron el acto en el que Triki, se queda encerrado en un baúl y tratan
de abrirlo con todo tipo de herramientas de utilería.
En el medio de la escena, Miki mira para mi lado, interrumpe lo que hace, y
se acerca a la grada donde yo estaba.
-
A ver vos, ¿cuantas veces viniste a vernos?
-
¿Me hablas a mí, Miki?
-
Si, a vos, chorlito (Risas de
todo el público)
-
No sé, un montón, vengo todos
los días.
Me pega en la cabeza con el martillo de goma. Todo el mundo se ríe. Yo no
siento el más mínimo dolor
-
Ya que te gusta tanto lo que
hacemos, vas a venir a ayudarnos. ¡vamos, movéte chorlito!
Me agarra de una
oreja y me lleva hasta la pista del circo, ante las carcajadas generales. Yo le seguí la corriente. Para el que miraba,
parecía que estaba estrujando mi oreja con toda su fuerza, pero yo no sentía
nada, manejaban a la perfección todos los trucos de los payasos. Me dieron un
serrucho de goma, entendí enseguida de que se trataba todo, y empecé a simular
que serruchaba el baúl, que era de cartón. Lo destruimos, para darnos cuenta al
final, que la llave estuvo siempre en el bolsillo de Dipi.
Al finalizar el
episodio, Dipi agarra su trompeta y toca la marchita de salida, y marchamos los
cuatro hasta los camarines, ante el aplauso general.
Yo no podía más
de la emoción, y de la alegría, de haber participado en el acto de mis ídolos.
La reacción del
público fue tan buena, que me dijeron que podía salir a escena con ellos todos
los días. Me citaron para el día siguiente, un rato antes de la función, para
ensayar un poco, pero yo sabía todo lo que hacían de memoria, palabra por
palabra.
Desde el primer
momento confiaron en mí, y me hicieron crecer en seguridad. Me consiguieron mi
traje de payaso, mi nariz y mis zapatones. El primer día me maquilló una chica,
pero me advirtió que, en adelante, tenía que aprender a hacerlo solo.
Compartiendo camarín,
vi que entre ellos había una hermosa amistad, se querían y se cuidaban, por más
que su acto consistía en golpearse de todas las maneras imaginables.
También me enteré
que Dipi, estaba muy mal de salud. Tenía serios problemas digestivos, que le
provocaban un gran malestar. Permanentemente consumía unas pastillas, que en
parte lo calmaban, pero se notaba el dolor en su cara, incluso detrás del
maquillaje. En el trato personal, sus ojos transmitían tristeza, contrariamente
a la imagen que daba en la pista, donde daba rienda suelta a su locura con cada
movimiento de su cuerpo, aunque a medida que su enfermedad avanzaba, se
fatigaba cada vez más rápido.
Los siguientes
días fueron el paraíso para mí, compartiendo el escenario con mis admirados
payasos. Tuvieron la amabilidad de darme varias rutinas y diálogos de Dipi, que
de paso aprovechaba para no cansarse tanto. Y por supuesto participé de unas
cuantas guerras de tortazos de crema.
Tuve que
descuidar un poco el colegio, cosa que enfurecía a mi mamá, pero por nada del
mundo me iba a perder lo que estaba viviendo.
Un día, ocurrió
lo que todos temíamos, Dipi tuvo que ser hospitalizado de urgencia. Lo
operaron, pero su cuerpo no resistió, a la madrugada murió. Miki, Triki y yo
estábamos devastados, lloramos los tres abrazados en la sala de espera del
hospital, y también los acompañé en las exequias.
Los payasos
suspendieron varias funciones. Pero estaban obligados a terminar su contrato en
el pueblo, así que Dipi fue reemplazado por Chipi. Chipi era bastante bueno,
pero no tan bueno como Dipi, que era incomparable.
Terminada la temporada,
el circo se fue al pueblo vecino. Me despedí de ellos con lágrimas en los ojos.
Nos dijimos adiós y nos prometimos que nos íbamos a volver a ver. Pero sabiendo
de su vida itinerante, entendía que eso era muy difícil
Yo volví a mi
vida común y ordinaria, en casa y en el colegio.
Al otro día, en
la cocina, tomando la merienda, mi mamá se mostró muy contenta porque por fin se habían ido esos odiosos
payasos.
La miré con
furia, no podía entender que fuera tan hostil con esas personas que yo tanto amaba,
y que ni siquiera haya tenido la más mínima empatía con la muerte de mi
admirado Dipi. Por dentro de mí, le deseé lo peor.
De pronto, saliendo de la nada, vi pasar volando por arriba mío una torta
de crema, y el tortazo fue a estrellarse justo en la cara de mi mamá, que pegó
un grito.
Entre indignada y sorprendida, empezó a quitarse la crema de la cara.
Mientras tanto, estoy seguro de haber escuchado el sonido de una trompeta,
tocando una marchita alegre y juguetona.






