martes, 28 de abril de 2026

MIKI, TRIKI, DIPI…Y CARLITOS (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

El gran acontecimiento de ese año fue la llegada del circo al pueblo.

La primera vez que fui a verlo, fui con mi mamá, que le gustó todo, menos los payasos, a los que detestó desde el primer momento. En cambio, a mí me parecieron lo máximo, eran tres delirantes que hacían morir de risa a todo el mundo.

Empecé a ir todos los días al circo, ya sin mi mamá, exclusivamente para verlos a ellos, me tenían fascinado.

Al principio pagaba la entrada, pero cuando el señor de la boletería me empezó a reconocer, me dejaba pasar gratis.

Su acto era muy físico, permanentemente simulaban bofetadas, golpes y caídas, que divertían a todos.

Miki era el jefe, el que daba las órdenes y repartía los cachetazos. Cuando se enojaba les decía a los otros “chorlitos”, cosa que se hizo muy popular entre los niños del pueblo.

Triki era el que estaba en el medio, tratando de zafar como podía del mal humor de Miki.

Y después estaba Dipi…Todos amaban a Dipi, el más gracioso. Para mí, era como el hermano que nunca tuve. Recibía los cachetazos y era obligado por los otros a hacer todo tipo de trabajos que no quería hacer.

Además, tocaba la trompeta. Cuando hacían su entrada, ya desde bambalinas se empezaba a escuchar una marchita alegre y juguetona. No hacía falta que el maestro de ceremonias los anuncie, con escuchar esa música, ya se sabía quiénes iban a entrar a la pista. Y entraban los tres marchando.

De tanto verlos, me aprendí todas sus rutinas de memoria. Las ensayaba con algún compañero de colegio, o también yo solo en mi habitación, haciendo a los tres personajes.

Una de las más graciosas eran las guerras de tortas de crema, terminaban todos enchastrados y la gente no paraba de reír.

Solían también interactuar mucho con el público, abandonando momentáneamente la pista y mezclándose con la gente, cosa que era muy festejada.

Un día, hicieron el acto en el que Triki, se queda encerrado en un baúl y tratan de abrirlo con todo tipo de herramientas de utilería.

En el medio de la escena, Miki mira para mi lado, interrumpe lo que hace, y se acerca a la grada donde yo estaba.

-          A ver vos, ¿cuantas veces viniste a vernos?

-          ¿Me hablas a mí, Miki?

-          Si, a vos, chorlito (Risas de todo el público)

-          No sé, un montón, vengo todos los días.

Me pega en la cabeza con el martillo de goma. Todo el mundo se ríe. Yo no siento el más mínimo dolor

-          Ya que te gusta tanto lo que hacemos, vas a venir a ayudarnos. ¡vamos, movéte chorlito!

Me agarra de una oreja y me lleva hasta la pista del circo, ante las carcajadas generales.  Yo le seguí la corriente. Para el que miraba, parecía que estaba estrujando mi oreja con toda su fuerza, pero yo no sentía nada, manejaban a la perfección todos los trucos de los payasos. Me dieron un serrucho de goma, entendí enseguida de que se trataba todo, y empecé a simular que serruchaba el baúl, que era de cartón. Lo destruimos, para darnos cuenta al final, que la llave estuvo siempre en el bolsillo de Dipi.

Al finalizar el episodio, Dipi agarra su trompeta y toca la marchita de salida, y marchamos los cuatro hasta los camarines, ante el aplauso general.

Yo no podía más de la emoción, y de la alegría, de haber participado en el acto de mis ídolos.

La reacción del público fue tan buena, que me dijeron que podía salir a escena con ellos todos los días. Me citaron para el día siguiente, un rato antes de la función, para ensayar un poco, pero yo sabía todo lo que hacían de memoria, palabra por palabra.

Desde el primer momento confiaron en mí, y me hicieron crecer en seguridad. Me consiguieron mi traje de payaso, mi nariz y mis zapatones. El primer día me maquilló una chica, pero me advirtió que, en adelante, tenía que aprender a hacerlo solo.

Compartiendo camarín, vi que entre ellos había una hermosa amistad, se querían y se cuidaban, por más que su acto consistía en golpearse de todas las maneras imaginables.

También me enteré que Dipi, estaba muy mal de salud. Tenía serios problemas digestivos, que le provocaban un gran malestar. Permanentemente consumía unas pastillas, que en parte lo calmaban, pero se notaba el dolor en su cara, incluso detrás del maquillaje. En el trato personal, sus ojos transmitían tristeza, contrariamente a la imagen que daba en la pista, donde daba rienda suelta a su locura con cada movimiento de su cuerpo, aunque a medida que su enfermedad avanzaba, se fatigaba cada vez más rápido.

Los siguientes días fueron el paraíso para mí, compartiendo el escenario con mis admirados payasos. Tuvieron la amabilidad de darme varias rutinas y diálogos de Dipi, que de paso aprovechaba para no cansarse tanto. Y por supuesto participé de unas cuantas guerras de tortazos de crema.

Tuve que descuidar un poco el colegio, cosa que enfurecía a mi mamá, pero por nada del mundo me iba a perder lo que estaba viviendo.

Un día, ocurrió lo que todos temíamos, Dipi tuvo que ser hospitalizado de urgencia. Lo operaron, pero su cuerpo no resistió, a la madrugada murió. Miki, Triki y yo estábamos devastados, lloramos los tres abrazados en la sala de espera del hospital, y también los acompañé en las exequias.

Los payasos suspendieron varias funciones. Pero estaban obligados a terminar su contrato en el pueblo, así que Dipi fue reemplazado por Chipi. Chipi era bastante bueno, pero no tan bueno como Dipi, que era incomparable.

Terminada la temporada, el circo se fue al pueblo vecino. Me despedí de ellos con lágrimas en los ojos. Nos dijimos adiós y nos prometimos que nos íbamos a volver a ver. Pero sabiendo de su vida itinerante, entendía que eso era muy difícil

Yo volví a mi vida común y ordinaria, en casa y en el colegio.

Al otro día, en la cocina, tomando la merienda, mi mamá se mostró muy contenta porque por fin se habían ido esos odiosos payasos.

La miré con furia, no podía entender que fuera tan hostil con esas personas que yo tanto amaba, y que ni siquiera haya tenido la más mínima empatía con la muerte de mi admirado Dipi. Por dentro de mí, le deseé lo peor.

De pronto, saliendo de la nada, vi pasar volando por arriba mío una torta de crema, y el tortazo fue a estrellarse justo en la cara de mi mamá, que pegó un grito.

Entre indignada y sorprendida, empezó a quitarse la crema de la cara. Mientras tanto, estoy seguro de haber escuchado el sonido de una trompeta, tocando una marchita alegre y juguetona.




miércoles, 8 de abril de 2026

EL ARQUERO QUE ATAJABA CON LA ESPALDA (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

El pibe venía del interior, nadie lo conocía mucho. En los entrenamientos parecía un arquero normal, aunque muy flojo. Igual quedó como suplente, ya que el libro de pases estaba por cerrar, y era urgente sumar un arquero.

Sin embargo, ni bien empezó el campeonato, en el arranque del primer partido, el titular salió a tapar en un mano a mano con un delantero y se lesionó. Fractura de tibia y peroné, fin del torneo para él.

El técnico mandó al arco al muchachito nuevo, ya presagiando una goleada en contra. Pero nadie se imaginaba lo que estaba por ocurrir.

El arquerito se plantó en el arco mirando a la tribuna, de espaldas al juego. Nadie entendía nada. El equipo contrario, aprovechando la confusión, comenzó a presionar, y a los pocos segundos llegó un tiro libre en el borde del área a favor del rival. Nuestro héroe no se molestó ni siquiera en darse vuelta para armar la barrera, en la posición en la que estaba impartió unas cuantas instrucciones con señas, y eso fue todo.

El pateador era temible precisamente por la perfección de sus disparos, en la temporada anterior había metido diez goles de tiro libre. Y su ejecución fue perfecta, fue un tiro violento y al ángulo del lado de la barrera. El arquero voló de palo a palo, impactando la pelota con su espalda, y enviando la pelota al córner. Ovación.

El partido continuó con las mismas características, tremenda presión del otro equipo y el arquero que las atajaba todas, siempre de espaldas. Una jugada muy característica, que puede decirse que inventó él, era que cuando no daba rebote, aprisionaba la pelota pasando los codos por detrás de la espalda. Era su marca de fábrica.

Surgieron varias teorías acerca de cómo funcionaba la cosa. Algunos decían que su oído actuaba como una especie de radar, como un murciélago. Otros decían que se guiaba mirando los ojos de los hinchas de la tribuna que enfrentaba. Ya sea la amigable hinchada local, o los hostiles simpatizantes visitantes, todos los espectadores miran fijamente a la pelota. Reemplazaba sus dos ojos por cientos. Y otros decían lisa y llanamente que tenía un sexto sentido.

Todo esto se repetía partido tras partido, manteniendo la valla invicta, incluso deteniendo varios penales, y haciendo que su equipo escale en la tabla de posiciones. Sus atajadas eran espectaculares.

A pesar de eso el técnico insistía en que había que corregir lo que él consideraba un defecto. Razonaba del siguiente modo: si sin mirar atajaba tan bien, mirando atajaría muchísimo mejor.

En los entrenamientos lo trataron con neurólogos, psicólogos, psiquiatras, brujos, hipnotizadores y charlatanes de toda índole. Pero finalmente lograron su objetivo: que ataje de modo normal.

Para ese entonces el equipo ya había llegado a la final, con cero goles en contra, un récord inédito, casi imposible de igualar.

Se juega el partido decisivo, y ataja mirando para adelante.

Pierden siete a cero. Es un colador, no agarra una, se come todos los amagues. Es un desastre.

Desconsolado, se retira del fútbol siendo muy joven. Pero a esta altura era tan famoso que logra firmar un contrato con un canal para ser comentarista deportivo.

Sus análisis y comentarios futbolísticos son muy bien recibidos por los televidentes, que en la pantalla lo único que ven de él, es su nuca.



LAS ESTAMPILLAS (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

-          Abuela, mirá mi colección de estampillas.

-          Que lindas. Te voy a regalar unas que tengo guardadas.

-          Reconozco a la chica de la imagen. Que hermosa que era.

-          Claro que sí.

-          ¿Hace mucho que las tenes guardadas?

-          Mucho. Las tenía escondidas. Las llegaba a encontrar tu abuelo y me las tiraba a la basura.

-          ¿Por qué?

-          Nunca entendí bien.

-          Jamás me hablaron de ella ni en casa ni en el colegio.

-          En una época, increíblemente estaba prohibido nombrarla.

-          Ahora que entré a la Universidad, veo que tampoco se la nombra.

-          Sos la primera de la familia que va a la Facultad, pero calculo que ahí pasará lo mismo que pasa en todos lados.

-          ¿Murió joven?

-          Si, muy joven. Cuando murió, esas bestias le hicieron de todo. Robaron el cadáver, lo llevaron de acá para allá. Nadie sabía dónde estaba. Más de veinte años después, su cuerpo volvió al país. Ahora descansa en la Recoleta.

-           ¿Fuiste a visitarla?

-          Recién después de que murió tu abuelo, pude llevarle una flor.

-          ¡Qué historia! No me la voy a olvidar nunca, y voy a guardar estas estampillas para siempre.

-          La gente olvida rápido. Y así le va.