Raimundo Scafati era músico. No era considerado un gran músico, solía tocar
el piano en un cafetín, ganando apenas dinero para pagar comida y pensión. Sin
embargo, tenía una sólida formación académica. Me gustaba ir a verlo tocar, más
que nada porque después nos quedábamos charlando con todo un grupo de
parroquianos hasta altas horas de la noche.
El cafetín, no era un cafetín cualquiera. Ahí se podía conocer a los
personajes más extraños que uno se pudiera imaginar. Después de medianoche, se
cerraban las puertas y se organizaban sesiones de espiritismo. Ni Raimundo ni
yo, habíamos participado nunca. Pero una noche, solo por curiosidad, decidimos
sentarnos en la mesa.
Tras unos momentos de silencio total, empecé a notar algo raro en Raimundo,
comenzó a temblar y luego a tener convulsiones. Todos en la mesa nos
preguntábamos qué le pasaba. Tratábamos de calmarlo, pero era inútil. De
pronto, pidió que le alcancemos un cuadernillo de papel pentagramado, que
guardaba junto a sus partituras, al lado del piano, y una birome.
Ni bien le alcanzamos estos elementos, empezó a escribir en forma
frenética, poseído vaya a saber por qué fuerza, cantaba y escribía, cantaba y
escribía. Y escribía una partitura orquestal en forma perfectamente ordenada:
las maderas, los metales, las cuerdas, los instrumentos de percusión.
Todo este proceso duró varias horas, hasta que vimos a Raimundo desmayarse,
pero dejando sobre la mesa unas cuantas hojas pentagramadas, escritas con suma
prolijidad.
Tardó un rato en volver en sí, aunque pálido y demacrado, y fue en ese
momento en el que nos confesó:
-
Beethoven
me dictó el primer movimiento de su décima sinfonía.
La reacción del
grupo fue desde la indignación hasta la burla. Uno de los parroquianos, que
también era músico, le dijo con sorna:
-
Si, y
a mí una vez Bach me dijo como terminar su “Ofrenda Musical”.
Sin embargo, la partitura estaba ahí, sin correcciones ni enmiendas,
directamente transcripta desde ese supuesto dictado del más allá.
A pesar del descreimiento, todo ese grupo de locos estuvo de acuerdo en
organizar tres sesiones más, para completar los cuatro movimientos de la
supuesta sinfonía. Además, se convocó a otros músicos para que ayuden con la notación
y aceleren el proceso.
Transcurridas las noches siguientes, se pudo contar con una partitura
manuscrita de la sinfonía completa. El pobre Raimundo a esta altura era una
piltrafa. Por el esfuerzo físico y mental titánico que había hecho, creo que
adelgazó unos diez kilos por movimiento.
A pesar de su debilidad, y contra viento y marea, Raimundo se puso en
campaña enseguida para que la obra se estrene. Le advertí que sería casi
imposible convencer al mundo de la veracidad del experimento, pero Raimundo no
escuchaba razones y siguió adelante con tozudez.
Consiguió que lo patrocine la “Asociación Amigos del Espiritismo”. Pero de
cualquier manera Raimundo invirtió todos sus pocos ahorros, necesitaba alquilar
un teatro, contratar a una orquesta completa, y también a un director, ya que
él estaba muy débil para dirigir una obra de alrededor de una hora de duración.
La obra, efectivamente, se estrenó, ante una audiencia bastante chica, e
inmediatamente se formaron dos bandos, los que la apoyaban incondicionalmente,
y los que creían que todo el proyecto era una estafa.
Pero la controversia acerca de la veracidad de la obra iba en aumento. Se
decía que todo era un ardid de un oscuro músico de cafetín, para adquirir
notoriedad.
Los medios del mundo se hicieron eco del episodio, y el debate se volvió
internacional.
Aparece en escena el doctor Haines Von Braun, consagrado musicólogo, pero
más precisamente, “beethovenólogo”. Tenía la reputación de ser la persona que más
sabía de Ludwig en todo el planeta.
El doctor se comprometió a estudiar la partitura y dar a conocer sus
conclusiones publicando un trabajo y ofreciendo una conferencia de prensa. Tras
varios meses de estudios exhaustivos, se produjo el evento con una enorme
asistencia, tanto en forma virtual como presencial.
Durante su alocución, el doctor se explayó, entre otros, acerca de los
siguientes temas:
-
La
elección de la tonalidad principal, mi bemol mayor.
-
La
introducción del primer movimiento confiada a los cornos.
-
La
profundidad expresiva del segundo movimiento.
-
La
indicación de “Allegro con spirito” para el tercer movimiento.
-
El
gran final a toda orquesta del cuarto movimiento.
Concluida su explicación, Haines se dispuso a comunicar su veredicto. Se
produjo un gran silencio en la sala, y yo diría, en el mundo entero.
-
La
sinfonía, es auténtica.
Gran explosión de algarabía.
A partir de ese momento, no cabía la más mínima duda, de que esa, producto
de la clarividencia, era la décima sinfonía de Beethoven. Tal era la autoridad
que emanaba del doctor Haines Von Braun.
Obviamente, la obra empezó a ser programada permanentemente, en las salas
de concierto más importantes del planeta, con las mejores orquestas y las más
ilustres batutas. Cerca de los doscientos años de su muerte, el mundo conocía
la décima.
A esta altura ya pocos se acordaban del pobre Raimundo, pobre, enfermo y
desdichado, al que ya no se lo consideraba un músico, sino un simple
“transmisor”.
Pero la atención volvió sobre él, cuando el conjunto de los melómanos de
todo el mundo empezó un operativo clamor por la sinfonía número once.
La presión empezó a ser muy fuerte, respaldada por medios hegemónicos, grupos
económicos muy poderosos, instituciones musicales de todo tipo, etc. Se
consiguió financiamiento y se puso en marcha el plan.
La sesión se haría en una clínica en Suiza, para garantizar la recuperación
de Raimundo, y mantenerlo fortalecido durante el encuentro ocultista. Estarían
presentes los mejores médicos, los videntes más renombrados, y un equipo de
transcriptores entrenados.
Además, a Raimundo se le ofreció una gran suma de dinero.
La número once no venía nada fácil. En la primera noche solo se
transcribieron tres compases. La comunicación era muy dificultosa.
Se esperaba mejorar un poco para la segunda noche. El compás cuatro tardó
en completarse.
Debido a su debilidad extrema, Raimundo Scafati murió durante el compás cinco
del primer movimiento.
Lamentablemente la humanidad jamás va a conocer la undécima sinfonía del
genio de Bonn.
