Reunión de directorio en la empresa, importante multinacional. Se propone ingresar
en el negocio inmobiliario, y construir un edificio de departamentos de alta
calidad para poner a la venta. Yo no era director, pero igual me invitaron a
participar, ya que tenía alguna experiencia en la industria de la construcción,
y me designaron como jefe de obra.
La principal preocupación del presidente y los directores, era como manejar
a los sindicatos, y el costo que esto significaría. Invitaron a todos los
participantes de la reunión a aportar ideas.
Se me ocurrió una idea genial:
-
Para
evitar al sindicato de la construcción podemos simular que, en realidad, se
trata de la filmación de una película, y que los obreros son actores. Llevamos
unas cuantas cámaras y focos, y se simula filmar los trabajos de la obra. Yo,
como jefe de obra, sería el falso director de esa película.
La aprobación de
todos los presentes fue instantánea y unánime.
-
Es
una idea excelente, dijo el presidente. Envíen gacetillas de prensa a todos los
medios donde tenemos pauta publicitaria, anunciando el comienzo de la filmación,
opera prima del novel director…
El presidente no
recordaba mi nombre.
-
Roberto
Fernández, Ingeniero civil y director de
cine. (Risas de todos los presentes)
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Ni bien terminamos de completar el cerco del set/obra, se acercó un señor
al portón de entrada.
Calvo, flaco, vestido en forma simple. Los muchachos me avisaron que me
estaba esperando.
-
Antonio
Stronatti, a sus órdenes.
-
Si,
¿Qué se le ofrece?
-
Soy
del sindicato de la construcción. Por empezar quería ver la plantilla de
personal.
-
Debe
haber un error, señor Stronatti. Esta no es una obra en construcción, es el set
de filmación de una película.
-
¿Y
todas esas personas con ropa de trabajo, acarreando bolsas y varillas de acero?
-
Obviamente
son actores.
-
Bueno,
parece que me he equivocado, y no tengo nada que hacer aquí. Disculpe usted, y
buenos días.
-
Buenos
días.
El plan estaba
saliendo a la perfección.
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Al día siguiente, se presenta un nuevo visitante en el portón.
Este señor era estrafalario por donde se lo mirara. Larga cabellera
enrulada, anteojos oscuros, regordete, ropa con colores chillones, botas de
vaquero, siempre con un bolsito en mano. Casi un rock star.
-
Buenos
días, mi nombre es Salomón Giorgetti, del sindicato de actores.
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Las exigencias del sindicato de actores no tardaron en llegar:
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Las
viandas que entregábamos fueron reemplazadas por un servicio de catering, a
cargo de una empresa muy prestigiosa.
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Los
vestuarios fueron sustituidos por tráilers súper lujosos, especie de camerinos
para los protagonistas de la película, y estos no podían ser compartidos por más
de dos personas. El alquiler mensual era exorbitante.
-
Lo mismo
para los baños, unidades móviles impecables, equipadas con mesadas de mármol y bachas
de acero inoxidable.
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El
transporte de personal (la mayoría vivía bastante lejos) debía hacerse con
servicios de transfer, que iban a buscar a la gente a sus casas. Opcionalmente
se podía reemplazar por remis o taxi.
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El directorio convocó a una reunión urgente, en vista de que las pérdidas
del proyecto eran monstruosas.
Esa mañana, Giorgetti había visitado el “set”, y cuando se fue, y antes de
ir a la reunión, se me ocurrió seguirlo.
Entró en el café de la esquina, y yo detrás, disimulando y sentándome en
una mesa apartada. Desde ahí, podía verlo. Noto que se levanta de la mesa y va
al baño. Mientras esperaba que saliera, terminé el café y el tostado que había
pedido. Giorgetti estaba tardando demasiado tiempo, y me empecé a impacientar.
Cuando de pronto veo salir del baño a… ¡Antonio Stronatti! Y en su mano, el
bolsito de Salomón Giorgetti.
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En la reunión de directorio no me dejaron abrir la boca, ni hacer mi
descargo, el encuentro era exclusivamente para comunicar que, ante las pérdidas
millonarias detectadas, y la sangría de dinero permanente, se abortaba la falsa
película, y se continuaba como obra en construcción normal.
Tomó la palabra
el presidente:
-
Manden
gacetillas de prensa anunciando que la película se suspende por déficit
presupuestario, y que desarrollamos, en cambio, una importante inversión
inmobiliaria. Y a propósito, ¿Quién fue el imbécil al que se le ocurrió la
estupidez de la película?
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Antonio Stronatti
volvió, y recorrió la obra, ya declarada como tal.
-
¿Asadito?,
conversó animadamente con un grupo de peones que habían improvisado una
parrilla con unos hierros sobrantes.
-
Después
me convidan, ¿eh?
Más adelante se encontró con el capataz.
-
No me
descuiden la limpieza de baños y vestuarios, muchachos. No les vamos a pedir
mesadas de mármol, pero manténganlos prolijitos.
-
Si,
está claro, Antonio, contestó el capataz con cordialidad.
Y terminó la recorrida en mi oficina.
-
¿Qué
dice, jefe?, ¿total normalidad?
-
Si.
(La sonrisa social me costaba cada vez más). Total normalidad, Giorgetti.
