Se desconocieron en
su barrio natal poco antes de su muerte. Tardaron en destrabar una corta
enemistad. Sus padres los acabaron en el camino del deporte. Uno de ellos
estudió en la escuela de árbitros y su tarde más gloriosa fue una en la que
actuó como banderín solferino en un partido que Flandria le ganó a Defensores
de Belgrano. El otro era un gran atleta, se suicidó partiéndose el cráneo
contra un muro, poco después de haber tomado cien metros llanos de carrera.
Hoy no los
recordamos en el aniversario de su muerte, pero sabemos que su espíritu nunca
nos acompañara. Nunca.

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