jueves, 22 de octubre de 2026

¿QUÉ QUIEREN? (UN CUENTO DE CLAUDIO AMADEO VIGGIANO)

 

La segunda cosa que me dijo Mica fue:

-          No me gusta como huele la directora.

Era el primer día de clase, y todas habíamos ido con nuestras mamás, para conocernos.

La primera cosa que me dijo había sido:

-          Mi vieja trabaja en la tele.

Eso ya lo sabía, ni bien entramos mi mamá vio a la suya, la reconoció y me lo dijo al oído. Ella era actriz y trabajaba en un programa humorístico bastante exitoso, que salía los viernes a la noche, y que en casa a veces veíamos.

Pero la alumna nueva me llamó la atención antes de intercambiar cualquier palabra. A pesar de que el guardapolvo nos hacía a todas parecidas, sobresalía por su apariencia. Tenía un flequillo distinto al de cualquier otra nena. Y usaba unas tremendas zapatillas violetas, yo nunca había visto unas zapatillas así, (después me entere que el violeta era su color favorito). En ese mismo momento, decidí que iba a ser mi amiga.

El colegio no era fácil para Mica. Problemas de conducta, falta de concentración, llegadas tarde, etc. Yo, en cambio, era considerada una de las mejores alumnas, mi boletín del año anterior era impecable. Nos hicimos tan amigas, que nos sentamos juntas y la ayudaba en todo lo que podía, en el colegio, y también en casa, ya que muchas veces, a la madre se le hacía tarde para ir a buscarla y venía a tomar la merienda conmigo.

Pero había una cosa en la que se destacaba: la música. Sin embargo, decía que odiaba el coro del colegio. Según ella, las canciones que cantábamos eran una auténtica mierda.

Tocaba la guitarra, y en las tardes que pasábamos juntas en mi casa, me empezó a enseñar con un instrumento viejo que teníamos. Ella, en su casa, tenía una eléctrica, y un amplificador, ninguna nena de nuestra edad tenía algo así.

Me hacía reír mucho en clase, y de a poco, las sanciones disciplinarias empezaron a ser también para mí. “Sofia y Micaela a dirección”, era algo que sonaba muy seguido. La seño y la directora la tenían a Mica entre ceja y ceja, y en cierta reunión, alertaron a mi mamá por las “malas compañías”.

Pero era mi mejor amiga, (a esta altura casi la única, ya que la mayoría del resto, nos empezaba a mirar como a bichos raros), y yo no la iba a abandonar. Dije que quería una guitarra eléctrica también, y a pesar de la resistencia de mi mamá, finalmente me la compraron. Ensayábamos en mi casa o en la de ella, casi todos los días, y las tareas fueron quedando un poco a un lado.

Además, empecé a copiarla un poco en la forma de vestirse.

Mica era sumamente creativa, tenía varias ideas de canciones propias, me las mostraba, y yo trataba de colaborar un poquito.

A mitad de año, se organizó un festival, donde las alumnas podían presentar actos artísticos. Inmediatamente empezamos a pulir una canción que teníamos. Se llamaba “¿Qué quieren?”.

Era el típico rock de tres acordes y doce compases, o algo así, (esa descripción la sacamos de una revista de música). Faltaba completar la letra, por ahora, era la repetición de las dos palabras del título, pero ya se nos iba a ocurrir algo más.

Nos faltaba también una baterista, pensamos en Cayetana. No era exactamente nuestra amiga, pero estaba tan apartada del grupo principal como nosotras. Ella podía tocar un bombo y un platillo que el colegio tenía en la sala de música.

Necesitábamos la aprobación de la seño para poder participar. Un día le mostramos la canción, tarareando y silbando las partes de la letra que nos faltaban.

-          No se preocupe, para el día del festival la canción va a estar completa, le aseguró Mica.

-          ¿Y el grupo como se llama?, pregunto la seño.

No teníamos un nombre.

¡Las Violetas!, se me ocurrió a mí de repente.

Mica estuvo de acuerdo, pero redobló la apuesta y dijo que el día del acto, teníamos que tener, las tres chicas, pelucas violetas, cosa que conseguimos en un cotillón.

Un poco a regañadientes nos aprobó la seño, pero como no eran tantas las que se animaban a subir a un escenario, finalmente quedamos en la lista.

Ensayamos mucho los días previos. Pero para la letra no surgió ninguna idea nueva, la dejamos como estaba.

Llegó por fin el día del concierto. Nos aburrimos escuchando dos o tres canciones del coro, y a continuación era nuestro turno. Mica y yo con nuestras guitarras enchufadas en el amplificador de ella, y las dos paradas delante de un solo micrófono, que era del colegio, para cantar al unísono. Y Cayetana atrás, con su tambor y su platillo.

-          Un, dos, tres, ¡va!

Empezamos cantando bajito.

-          ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?,

-          ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?,

-          ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?

Para la segunda estrofa nos empezamos a animar, y aumentamos un poco el volumen.

-          ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?,

-          ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?,

-          ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?

Seguidamente era el turno del solo de guitarra de Mica. Parecía una poseída, le salió un solo un poco deforme y disonante, pero rítmicamente era perfecto.

Para la tercera estrofa, igual a las dos primeras, ya estábamos cantando a todo volumen. Estábamos vibrando las dos en sintonía. Pero sentíamos que algo faltaba. Algo en la letra, esa que nunca habíamos pedido completar. Mica me miró y yo entendí todo. Faltaba una palabra. Ella arrancó la cuarta estrofa y yo la seguí.

-          ¿Qué mierda quieren?, ¿Qué mierda quieren?, ¿Qué mierda quieren?, ¿Qué mierda quieren?

Éramos dos nenas enloquecidas, gritando más que cantando la letra, sacudiendo nuestras pelucas violetas, y marcando el ritmo con el pie en las tablas de madera.

-          ¿Qué mierda quieren?, ¿Qué mierda quieren?, ¿Qué mierda q…

Apareció adelante nuestro la directora, blandiendo el enchufe de los equipos como un arma.

Detrás, un pelotón de fusilamiento compuesto por la vice, la secre y la seño.

Más allá, alcancé ver a mi mamá llorando.

-          Disculpen, no es este el tipo de contenidos que queremos para esta casa de estudios, explicó la directora.

-          A continuación, un grupo de alumnas, va a interpretar con títeres la obra “La princesa y el dragón”.

La expulsión del colegio para nosotras dos se decidió de inmediato. A Cayetana le perdimos el rastro, pero mucho tiempo después nos enteramos que la expulsaron en los meses siguientes, por razones que desconocemos.

Hoy, Mica y yo seguimos siendo amigas. Ella, por supuesto, es música, yo soy actriz, como la mamá.

Nos encontramos muy a menudo, y recordamos aquellos viejos tiempos con una sonrisa.

Las Violetas. Un grupo con influencia nula en la historia de la música, pero que cambió nuestras vidas para siempre.




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